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¿La derecha fascista cobra fuerza? Es cada vez más común hoy en día, que en las filas de las corrientes políticas modernas de la derecha, sus partidarios enarbolan con toda osadía y orgullo la bandera de rebeldes, presentándose a sí mismos como los más irreverentes, los más antisistema e incluso los más “revolucionarios”. Es evidente que toda esa “rebeldía” que se adjudican los apologistas del fascismo, no es más que una farsa patética que camufla su rol de idiotas útiles al Capital. Pero, también surge la pregunta: ¿no se supone que la bandera de la rebeldía es patrimonio de la izquierda?
Una manera de explicar esta situación es que tras décadas de recambios gubernamentales, los gobiernos de izquierda (llámese “socialdemocracia tradicional” o “liberalismo social progresista”) han ido ganando terreno en varias partes del mundo. Con los numerosos escaños ganados en el gobierno, gran parte de las izquierdas se han oficializado institucionalmente, dejando atrás la marginalidad, represión o persecución política de la que podían jactarse durante el siglo pasado[1]. Es así como desde el Estado burgués, estos partidos izquierdistas y progresistas decretan medidas políticas y económicas que nos presentan como alternativas al “neoliberalismo” y “por una distribución equitativa de la riqueza” en “beneficio del pueblo y la clase trabadora”. Pero lo cierto es que nunca hubo un solo golpe al Capital, solo se gestaron medidas paliativas (de ayudas sociales y créditos) para que las crisis económicas que la clase trabajadora padece (inflación, desempleo, recortes) sean más indulgentes. Los efectos del capitalismo no pueden ser contrarrestados bajo ninguna medida gubernamental, porque todos sus aspectos negativos son inherentes a ese modo de producción basado en la competencia, la destrucción de fuerzas productivas para su renovación, el despojo del espacio para beneficio del desarrollo, el impulso de guerras imperialistas… en suma, todo gira en la producción de valor y de mercancías. Cuando los programas sociales y subsidios se tornan insostenibles, los Estados deben recortar el gasto social, esto se comienza a manifestar en la agudización de la precariedad del proletariado, creciendo así su descontento y malestar. Es aquí donde se genera el campo de cultivo para que la derecha asuma el rol de la oposición, y por consiguiente puedan fácilmente mostrarse como “antagonistas y rebeldes”, fortaleciéndose y consiguiendo que su retórica altanera e histérica impacte entre la clase trabajadora.
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Bajo el dominio del capital y sus mecanismos, no hay opciones de mejorar nuestras condiciones de vida. Ante la debilidad traducida en carencia de memoria y perspectiva histórica de nuestra clase, las facciones burguesas nos presentan como única vía el camino de las urnas, para cada cierto periodo tomar partido entre la oposición y el oficialismo.
Los recambios gubernamentales (más liberalismo económico o más control del Estado), el gatopardismo entre la izquierda y la derecha son meros paliativos a una sociedad moribunda, los cuales se han vuelto a su vez indispensables como parte del funcionamiento inherente del sistema capitalista, para mantener intacta su esencia y hacernos creer que los relevos gubernamentales detendrán los efectos catastróficos de la anarquía mercantil.
Las llamadas nuevas derechas hoy (aunque muy pocas se afirmen abiertamente herederas de la tradición fascista del siglo XX), son en su mayoría más reservadas y timoratas; evitando dar una imagen que evoque directamente al cura bendiciendo a los militares que dirigen un pelotón de fusilamiento contra unos subversivos. Aunque en el fondo, añoran ver repetirse esas escenas masivamente, las circunstancias les han orillado a colocarse otras caretas “más benevolentes”, tales como transmutar el programa de un estado nacional corporativista fuerte, hacia las posiciones ideológicas del liberalismo (específicamente la llamada “escuela austriaca”[2]) pero sin abandonar el conservadurismo. Pese al eclecticismo imperante en las diversas corrientes [una mezcla sin sentido], su monserga no ha perdido vigencia en seducir a sectores del proletariado con una parafernalia amorfa, confusa y contradictoria, pero que resulta efectiva y fácil de digerir.
Décadas de propaganda burguesa y encuadramiento en los aparatos ideológicos del capital: partidos políticos, religiones, escuelas y moral… sumado a que las izquierdas socialdemócratas (sindicalistas, leninistas, trotskistas, maoístas, estalinistas… quienes supuestamente empujarían al proletariado para rebelarse) hace tiempo abdicaron de la lucha revolucionaria en favor de la vía parlamentaria como la única “opción realista posible” para la clase… Todo ese conjunto de situaciones a través del tiempo, ha destrozado no solo la memoria histórica del proletariado, sino su autonomía de clase y combatividad que demostró en los periodos de asalto a la sociedad de clases; por eso ante tal desgaste y derrota, hoy, en plena contrarrevolución en marcha, donde el capitalismo muestra sin mesura lo más repugnante de su ser, resulta sencillo caer en los cantos de sirena de sus partidarios más acérrimos, donde todo se reduce a culpar a la inmigración, y en nombre de una supuesta “defensa de la familia tradicional heterosexual”[3], se procede a reprimir y flagelar la propia sexualidad de los proletarios bajo dogmatismos moralistas.
Ver a sectores del proletariado defender la parafernalia de luchar “por la libertad”, el libre mercado, la defensa de occidente y los valores cristianos… así como “contra el nuevo orden mundial”, “el marxismo cultural”, los zurdos satanistas libertinos, las mujeres que abortan y se rebelan, los inmigrantes que “roban el trabajo e imponen su cultura”… pero también “contra la casta” o “las elites”. Pensando que la realización de ese programa conllevará a su propia liberación, no es otra cosa que el proletariado reproduciendo su papel como clase del capital, mero engranaje de la producción automatizada cumpliendo los designios de la burguesía.
Mientras tanto, la izquierda en sus diversas ramificaciones, como supuesta fuerza opositora a toda esa amalgama reaccionaria, nos llamará a luchar contra “el coco del fascismo”, los oligarcas, los neoliberales, a defender la soberanía nacional, el estado plurinacional, las conquistas sociales, los sindicatos, una legislación que amplié los derechos y las libertades sociales de todas las razas, sexos y culturas, en fin… un “capitalismo más humano, menos represivo, más incluyente, más sustentable”. Pero lo cierto es que la realización de esos programas políticos ya fue llevada a cabo innumerables veces alrededor del mundo, con resultados nada positivos para nuestra clase. Pensar que “el ascenso de la ultra derecha es gracias a la alevosía y malicia de la misma”, es caer en el cómodo argumento de que “la culpa de nuestro fracaso siempre se debe al enemigo externo”, ocultando los acontecimientos donde históricamente la izquierda ha contribuido a la propia derrota del proletariado, limitando y estancando sus luchas en la nebulosa reformista.
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Izquierda y derecha son por igual productos de la democracia parlamentaria y abogan por el nacionalismo, la patria, el país, el pueblo, el progreso, el desarrollo del capital… conceptos predilectos de la burguesía en todas sus variantes ideológicas.
En realidad, entre izquierda y derecha no hay oposición de contenido, solo de formas, ambas son líneas democráticas y por tanto hermanos capitalistas diferenciándose solo en los modelos económicos-políticos, sobre cómo y quiénes van a gestionar el capital, ya sea a manos de empresas del Estado o a manos de privados. Dentro de la democracia en la que juegan izquierdistas y derechistas no existe antagonismo real, hay uniformidad dentro de la cloaca de la gestión de todo lo que sustenta nuestra esclavitud en el trabajo asalariado. La izquierda y la derecha no trastocan ni transgreden los elementos del sistema capitalista: dinero y mercancía, acumulación y comercio; patrias y guerras, cárceles y policías, leyes mordaza y censura, fronteras y persecución contra los inmigrantes, explotación y miseria. En su esencia formal, ambas son corrientes ciudadanistas, con matices e ideologías distintas, pero en su composición dependientes y partidarias del funcionamiento de la sociedad mercantil generalizada.
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En su fase imperialista del capital, la función de la izquierda y la derecha es llevar al proletariado al terreno de la negación de la lucha de clases, esto es, hacer que la clase trabajadora tome partido dentro del enfrentamiento entre campos burgueses, ya no solo en el terreno nacional, sino que esto trasciende al ámbito mundial (el bando de Zelensky contra Putin, el de Xi Jiping contra Trump, el de los sionistas contra los ayatolás y el “eje de la resistencia”).
Hay quienes argumentan que hoy en día, eso de “las izquierdas y las derechas ha quedado rebasado porque quienes gobiernan y deciden son las elites que juegan en este nuevo orden mundial multipolar”, pero eso es solo una verdad superficial y reduccionista… lo que tiende a llamarse “juego” no es otra cosa que el capital desenvolviéndose en su natural terreno de la competencia entre burguesías, entre bloques imperialistas, potencias militares que se disputan el dominio sobre los mercados, territorios y recursos. Las posturas ideológicas de los gobiernos que se baten en conflicto, son solo la antesala ideológica, mera propaganda para que el proletariado sirva de carne de cañón en las guerras orquestadas entre capitalistas. Al final, ese contubernio entre gobernantes y conglomerados corporativos (los que financian la guerra y se enriquecen de la industria militar), no hacen otra cosa que cumplir los designios necesarios para la acumulación del capital, la circulación de mercancías y nuestra explotación por medio del trabajo.
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El antifascismo refuerza al capital porque fomenta la ilusión democrática sobre la dictadura; y la dictadura no es una fase antagónica de la democracia, sino su continuación y agudización cuando esta ya no puede llevar con mayor eficiencia las tareas del capitalismo. Es por esa razón, que no resulta extraño que los gobiernos de izquierda y progresistas repriman con la misma saña e intensidad (al igual que la derecha) los conatos subversivos de la clase trabajadora cuando esta decide protestar y alzarse en rebelión. Históricamente ha quedado demostrado que no importa quien gobierne, el ideal de quienes defienden el capital [este partido del orden], es que solo seamos una masa de individuos atomizados, ciudadanos sometidos a la vigilancia y los cuerpos represivos, para que reproduzcamos nuestra propia condición de clase asalariada de y para el Capital sin el menor atisbo de subversión.
Pero entonces ¿debemos ignorar y dejar pasar a los grupos de las derechas, cuando escudados por la policía, se arman y atacan violentamente al proletariado organizado y en lucha? Para nada. Sabemos de antemano que la lucha de nuestra clase por derrocar al capital, atravesará inevitable y continuamente por la confrontación directa y la autodefensa, contra todo tipo de grupos e individuos reaccionarios, ya sea en los barrios, en las calles y en las plazas. Eso no constituye un problema complejo porque la mayoría de esos sujetos son cobardes y son visiblemente a leguas enemigos fáciles de identificar (debido a su propaganda y consignas). Pero esto ni siquiera es una situación nueva para nuestra clase en lucha. Por lo cual, la verdadera cuestión no es “si debemos o no, enfrentarnos a los fascistas”, sino “¿bajo qué perspectiva y cual propósito?”. Pues ¿de qué sirve “combatir a los fascistas” si con ello fortalecemos a los partidos socialdemócratas/izquierdistas/reformistas que buscan el poder del Estado, para una vez ahí, decreten leyes contra el proletariado las cuales supuestamente serían “patrimonio exclusivo de los fascistas”?
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La crítica del antifascismo se inscribe plenamente en la crítica global de la falsa polarización burguesa del fascismo frente al antifascismo, no debe limitarse a la crítica del frentismo y del activismo, ni separarse de la globalidad de la lucha anticapitalista. El fascismo no es una tercera fuerza, es sólo una de las facetas, una manifestación cotidiana entre otras de la fuerza del Estado. Históricamente, el proletariado siempre ha tenido que enfrentarse a estos órganos del Estado que son las milicias patronales (Pinkerton en EEUU, redes cercanas a la SAC, la OAS y Peugeot en Francia), los pistoleros en España en los años 20, las guardias blancas y los ejércitos, los escuadrones de la muerte (Triple A en Argentina, Policía de Honor en Francia, GAL y Guerrilleros de Cristo Rey en España durante los años 70) o los FreiKorps en Alemania y Hungría en 1919. El proletariado también ha tenido siempre que armarse en consecuencia para defenderse de las amenazas y ataques contra sus condiciones de vida y organización de la lucha.
En este sentido, es necesario aclarar el contenido real de la acción de los grupos proletarios que se constituyen como grupos de autodefensa frente al Estado, que en este caso toma la forma de fascistas armados a menudo dispuestos a matar, porque el uso de expresiones como “lucha antifascista” sólo puede reforzar la confusión. […]
Desde hace décadas, algunos sectores militantes defienden también un “antifascismo revolucionario”, considerando que el “verdadero antifascismo” no debe centrarse sólo en la desaparición de los fascistas de la faz de la tierra, sino que debe potenciar el cambio (revolucionario) de la sociedad, un cambio que permita librarla de las razones por las que aparece el fascismo, en contraposición a lo que se denomina “antifascismo democrático” que “proviene de iniciativas ciudadanas” y que “paradójicamente sólo ayuda al fascismo”. Evidentemente, aunque algunas formulaciones sigan siendo ambiguas, existe una cierta voluntad de aclarar las cosas.
Sin embargo, consideramos que es cuando menos contraproducente querer “revolucionar” absolutamente lo que es manifiesta y plenamente contrarrevolucionario desde el principio: es tan absurdo “revolucionar” el antifascismo como “revolucionar” el sindicalismo o el parlamentarismo. Siguiendo las lecciones aprendidas por muchos militantes, grupos, colectivos, partidos…, señalamos que la necesidad de que nuestra clase y sus minorías revolucionarias se organicen contra “las milicias fascistas” no puede corresponder de ninguna manera a una adhesión (¡y menos de forma estructurada!) a la ideología antifascista (que ya ha demostrado sus efectos nefastos en la historia) sino a una necesidad de autodefensa en su lucha como minoría por afirmar sus medios de existencia.[4]
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La ideología antifascista es un vertedero que solo alimenta con creces la confusión y que nubla la claridad de nuestra clase, mermando también su combatividad. Por citar algunos ejemplos tanto del siglo pasado como del presente:
– ¿Quién pagó el precio de la victoria de Churchill, Roosevelt y Stalin? Nada más y nada menos que el proletariado con su sangre. Mientras Hitler durante su ascenso, masacraba al proletariado rebelde y a los grupos revolucionarios en Alemania, Stalin pactaba con él una tregua estratégica. Mientras Franco masacraba al proletariado en España, Stalin de la mano con el Frente Popular contribuía a la matanza y erradicación de los revolucionarios que se oponían y denunciaban la falacia del gobierno republicano que pactaba con Francia e Inglaterra, a la vez que exhortaba retirar las barricadas y a desarmar a los trabajadores. Ni la república, ni el Stalinismo ni ningún bloque antifascista, ya fuera, antes, durante o después de la guerra, llamó a la destrucción de la propiedad privada y del Estado nacional. El antifascismo no denunció a Inglaterra, Francia y la URSS como fuerzas capitalistas e imperialistas, nunca señaló al Frente Popular como un órgano de total colaboracionismo de clases. El proletariado, durante la guerra de España en 1936, al derrotar a los militares rebeldes no destruyó el Estado capitalista (compuesto por los republicanos, estalinistas y los dirigentes “anarquistas” que se prestaron a ocupar cargos de ministros) y en su lugar, optó por pactar una alianza bajo la premisa de Unidad Antifascista. La contrabalanza conllevó a que el año siguiente, desde el buró político, los lideres que conformaban los comités y órganos del gobierno de la República, decretaran el desarme de los revolucionarios en las barricadas, ejerciendo feroces represalias (tortura, cárcel y asesinato) a quienes desobedecieran someterse al ejército regular que servía a la República burguesa.
El resultado inmediato fue que el proletariado, que el 19 de julio de 1936 se había constituido en fuerza revolucionaria; al pasar a pactar y bregar por la defensa y cooperación con el Comité de Milicias Antoifascistas y la República (la cual años antes ya había masacrado las insurrecciones proletarias en Asturias y Casas Viejas) se entregó a sus verdugos que propiciaron su derrota y abrieron paso a la victoria de Franco y la Falange que encabezaba.
Actualmente, el conglomerado estalinista cínicamente denunciará a la república, no por reaccionaria en su esencia, sino por no confiar lo suficiente en la URSS y creer más en Inglaterra y Francia, dirán también, que los grupos que durante la guerra de España llamaron a luchar por la destrucción del Estado capitalista eran unos «infantilistas pequeño-burgueses sin porvenir» y un largo de términos despectivos más. Lo cierto es que todo el armatoste ideológico que Stalin y sus partidarios denominan materialismo histórico, y que presumen de ser su fuente de análisis y comprensión de la realidad, no es sino una vulgar y totalmente contrarrevolucionaria masa amorfa de ideología basada en el culto a la personalidad y la calumnia, que sirve a final de cuentas, para ocultar toda la serie de atrocidades que llevó a cabo en contra del proletariado revolucionario.
La polarización fascismo versus antifascismo sólo ha servido para confinar cualquier avance revolucionario a la defensa de un mal menor y, por tanto, del orden existente, movilizando a los proletarios en defensa del Estado, para preparar el enfrentamiento bélico en un terreno que no es el de nuestra clase. Es una visión global de los fenómenos y una crítica histórica del antifascismo lo que nos permite considerar de forma muy precisa el ejemplo de la llamada “guerra de España”: ésta no sólo fue de forma eminentemente práctica el ataúd del proletariado militante en esta región, sino que también preparó ideológicamente a toda la clase de los explotados para aceptar dejarse envolver en la masacre generalizada que fue la llamada “segunda guerra mundial”.
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– Durante los años álgidos de la guerra en Siria, las fuerzas democráticas-antifascistas derivadas del PKK, llamaron a la unión estratégica, aceptando el apoyo militar de EEUU, para “frenar la amenaza del fascismo que representaba ISIS”. Una vez que las YPJ/YPG realizaron el trabajo sucio, fueron abandonadas por Estados Unidos, puestos a merced del Estado turco para ser bombardeados.
– Un grueso de la izquierda alemana, específicamente la autoproclamada “antideutsch” (incluido el FC St. Pauli), con el pretexto de la culpa histórica por la segunda guerra mundial, enarbola el antifascismo defendiendo a la burguesía sionista israelí en su labor de imponer el apartheid y la limpieza étnica en palestina. ¿El motivo?: “la lucha contra el fascismo islámico”.
– Los sectores pro gubernamentales en Venezuela, que llaman a la defensa de la burguesía bolivariana en nombre de combatir a la derecha fascista pro yankie, o su contraparte, los sectores financiados por Estados Unidos que llaman a “combatir a la tiranía fascista de la dinastía chavista”… ambas facciones realmente solo llevan al proletariado a ser masa de maniobra en la represión y una guerra por el petróleo.
– Tenemos también el caso del progresismo izquierdista en Chile, que con Boric a la cabeza, condujo todo el descontento hacia la vía parlamentaria para apaciguar la revuelta del 2019, aludiendo al temor del “asedio del fascismo de Kast”; hoy ese gobierno antifascista ejerce represión sangrienta contra la clase trabajadora y los indígenas mapuche.
– En Ucrania y países de la unión europea, diversos sectores del antifascismo (“anarquistas” incluidos) llaman al apoyo de Zelensky y el “pueblo ucraniano”, mediante todo tipo de apoyo logístico y financiero a las Fuerzas Armadas de Ucrania, con el fin de “frenar el fascismo del Kremlin, el imperialismo ruso”, aunque claro, al final eso implique quedar a merced de los designios de la OTAN, sino también colaborar en el frente con grupos neonazis como el Batallón de Azov y los partidarios de Stephan Bandera.
– Lo mismo en la Rusia de Putin que ahora replica “un Stalingrado buscando hacer de Kiev el nuevo Berlín”, situación que ha conducido a que diversos sectores del izquierdismo, cierren filas en apoyo “a la desnazificación de Ucrania”, sin importar que otros grupos neonazis como la unión eslava del símbolo de kolovrat estén presentes en dicha “labor antifascista”.
– En Rusia y Ucrania, mientras ambos gobiernos según sus propias versiones “luchan contra el fascismo” del bando contrario, se ejerce represión brutal (como en cualquier Estado capitalista) contra quienes se resisten a ser partícipes de la carnicería belicista en curso; se persigue y encarcela a desertores y saboteadores a la campaña militarista en beneficio de los intereses imperialistas de ambas facciones burguesas.
– Cabe mencionar también, a uno de los referentes ideológicos de la industria del espectáculo, y que no pasa menos desapercibido, el caso de Tarantino (cuyo filme “Inglorious Basterds” ha sido un referente del “antifascismo internacional” que reflejaría “la combatividad” de los ejércitos imperialistas durante la segunda guerra mundial) quien recientemente posó orgulloso en fotografías junto a numerosos matones sionistas miembros de las FDI.
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El antifascismo por todas partes muestra toda su fuerza contrarrevolucionaria y pese al desgaste que sufrió en el pasado sigue siendo una de las ideologías que mayor potencia de encuadramiento tiene sobre el proletariado, para que este vaya a morir en vano en las guerras que desata la burguesía.
No es que todos ellos estén “haciendo mal uso del antifascismo”, es que el antifascismo en realidad es una trampa que solo sirve para reforzar los mecanismos del capital: el oprobio parlamentario, la guerra imperialista (el campismo) y el colaboracionismo de clase.
No es contradictorio que los energúmenos más decadentes que hoy encabezan el bloque de la nueva derecha (Bolsonaro, Machado, Zelensky, Takaichi, Milei, Bukele, Noboa, Trump, Netanyahu etc.) vayan de demócratas defensores de la libertad[5], del progreso y se proclamen enemigos del terrorismo[6]… pues solo cumplen su papel de vasallos del capital y su democracia[7]. Pero luchar por quitarlos del poder (sea por vía electoral o incluso mediante un putsch) no acaba ni un poco con la raíz del problema, pues mientras sigan en pie las condiciones sociales que los alimentan, ese tipo de bufones nefastos seguirán apareciendo y triunfando en los comicios.
Sin lograr plantear una respuesta radical y subversiva a esa situación, la “lucha antifascista” es solo un terreno estéril que carece de profundización crítica, y por consiguiente, solo conduce a un callejón sin salida, y eso se refleja en las múltiples luchas parciales (de interseccionalidad) que solo han demostrado deambular en la acción performativa, de la cancelación y sobre todo de la legalidad burguesa; desentendiéndose así de la lucha de clases, o en su defecto, viendo esta como “una lucha que figura entre muchas más”.
El proletariado, cada que se alza y sale a la calle a pelear por sus necesidades y reivindicaciones, ya no puede pasar por alto visualizar al interior, a los enemigos que van de “representantes del proletariado” pero que solo nos llevan a luchar bajo una aparente radicalidad, por programas y banderas que dejan intacto el sistema capitalista. Es necesario romper de una vez por todas con el estigma y el mito de que elegir “el mal menor es un avance en el desarrollo de la conciencia revolucionaria de nuestra clase”, nada más falso. El proletariado no tiene amigos entre la burguesía (por más progresista o de izquierdas que esta diga ser) y optar por el “mal menor” solo nos conduce al ciudadanismo, es decir, al abandono de la lucha activa, a ser meros espectadores y a fortalecer los privilegios de los burócratas que tarde o temprano, venderán nuestro pellejo a la clase privilegiada de siempre y dirigirán la represión contra nosotros. Tomar posición contra todos los frentes burgueses, es una necesidad inminente en la lucha de clases, es por eso que toda acusación que insinúe que “solo estamos haciendo el juego a la derecha” no es más que un “argumento” que hace tiempo ha demostrado ser obsoleto.
La contienda entre fascismo y antifascismo (al igual que la de dictadura y democracia) no tiene por consiguiente ninguna significación histórica para nuestra clase, porque esta no conduce a la abolición revolucionaria del capitalismo ni sus estados nacionales, pues como ya mencionábamos, el paso de una a la otra, no implica ningún cambio fundamental en la dominación totalitaria que el capital ejerce sobre todas las esferas de la vida.
Nuestro único horizonte es luchar, sí, pero jamás triunfaremos bajo la batuta de los oportunistas y estafadores de siempre, aquellos que en cada revuelta nos dicen que “no es momento de ir por el todo”. Es inminente retomar el combate de clase, autónomo, e internacionalista, eliminando para siempre las clases sociales, la propiedad privada, la democracia, el valor, las patrias y el trabajo asalariado. Solo así, erigiéndonos en comunidad de lucha podremos lograr la imposición brutal de las necesidades humanas, suprimiendo para siempre las necesidades de la dictadura de la economía.
Contra la contra – 2025.
[1] Sí, los movimientos armados en torno a las distintas corrientes izquierdistas apologistas de la liberación nacional y un “Estado obrero”, son parte del reformismo socialdemócrata, de un capitalismo disfrazado de rojo que niega la revolución mundial y afirma la posición reaccionaria del “socialismo en un solo país”.
[2] Una ideología que irradia estupidez en todo su esplendor. Pues no puede existir capitalismo sin Estado, porque el Estado es un órgano inherente al capital.
[3] Una mitología basada en la “familia tradicional” como sinónimo de funcionalidad, armonía y orden natural [hoy se suma a su retórica, afirmar que “la familia tradicional es el nuevo punk y la nueva forma de ser rebelde”]. Lo cual es una patraña infundada, puesto que antes de la proliferación del llamado wokismo (que no es otra cosa que, casualmente, un programa de la derecha liberal, el partido demócrata estadounidense), las familias ya padecían en su seno las inclemencias de la desintegración, la disfuncionalidad y la violencia sexual. Por su puesto la derecha habla de manera reduccionista de “las familias” en abstracto, como si las diferencias entre clases sociales y el contexto histórico no repercutieran en las relaciones. En el seno de las familias proletarias siempre ha existido la violencia doméstica porque esta es el reflejo de una violencia estructural reflejada en toda la sociedad. La disciplina del trabajo donde yace la sumisión al jefe, a los horarios… sumado al entorno hostil y privatizado con su espacio destinado al automóvil, la urbe de asfalto y concreto… y encima las relaciones sometidas a las jerarquías sociales el ejército, la policía, cámaras de vigilancia, la escuela, la cárcel o el manicomio… son todos estos elementos en su conjunto lo que contribuye a la deshumanización y destrucción de la psique del proletariado. Esa imagen de “la familia tradicional”, evoca a una romantización del pasado que nunca ocurrió como nos lo pintan, pues solo es un recurso discursivo para fomentar un idealismo purista de algo que nunca fueron mejores tiempos para la clase obrera.
[4] Estas notas son de Tridny Valka en su introducción al texto https://iaata.info/Cortege-revolution-sans-frontiere-Manif-contre-le-pass-sanitaire-4927.html
[5] En efecto defienden la libertad, la libertad burguesa, donde a la clase trabajadora se le otorga el libre albedrió de la esclavitud asalariada o la penumbra.
[6] Es moneda corriente bajo el lenguaje burgués denominar “terrorismo”, no sólo a las prácticas de facciones fanáticas religiosas y políticas; sino también a toda la lucha subversiva de los proletarios que por distintos medios, han decidido rebelarse y enfrentar al capital y su Estado.
[7] Así es, la democracia no se reduce a ser solo un circo electoral, sino que es la reafirmación de la esencia del capitalismo en toda su extensión: la negación de la gemeinwesen (la comunidad humana) en detrimento de todos los elementos que conforman esta sociedad: el Estado, el progreso, la propiedad privada, el dinero, el individuo atomizado “que se hace a sí mismo”, aislado, ciudadano, patriota y supeditado a todas las separaciones de la vida.


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